Opinión

Sometimiento político y daño cultural

Por Marcelo Torrez (El Sol) Una Mendoza seria, formal, emprendedora, no feudal, institucionalmente muy fuerte. Todo quedó trunco para Jaque.

24 de Junio de 2011 07:13

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Foto:Ilustración. Andrés Casciani

Por: MARCELO TORREZ marcelo.torrez@elsoldiario.com.ar

    A comienzos del 2008 en la Casa de Gobierno de la provincia, todo era felicidad y armonía. En los despachos más importantes donde se cocinaba el armado y concepción de las políticas clave para Mendoza se respiraba un aire fundacional, como del comienzo de una nueva etapa política en el país llamada a ser protagonizada por una vanguardia de políticos jóvenes diseminados por el interior, con otra velocidad de pensamiento y de movimientos, quizás sensiblemente más pragmáticos que lo que había sido, hasta ese momento, el indiscutido líder nacional Néstor Kirchner, quien dejaba el poder en manos de su esposa.

    Los contactos telefónicos de un, por entonces, hiperactivo Celso Jaque con algunos de sus colegas en el país confirmaban, día tras día, el inicio de esa mentada etapa soñada que quedó trunca, al menos para el gobernador mendocino. A ese grupo lo llamaban "La liga", a secas, o bien "La liga de gobernadores". Jaque era un entusiasta de La liga, pero mucho más sus colaboradores cercanos.

    Y junto al gobernador participaban de la idea el poderoso secretario general de la Gobernación, Alejandro Cazabán; el producto de la Contemporánea que venía de acompañar a Jaque en su paso por el Parlamento, Diego Bossio, quien tendría futuro nacional, nada más y nada menos, que en el manejo de la multimillonaria caja de fondos de la Anses; también se sumaban otros nombres como el de Héctor Rasso, hoy jefe de la Anses mendocina, y hasta el de Marcelo Costa, titular de la OSEP y aspirante a la Intendencia de Godoy Cruz, entre otros.

    Este grupo, con Jaque a la cabeza, se veía a sí mismo formando parte de una misión mayor, de una empresa a nivel nacional, que seguiría en algún momento el camino trazado por Kirchner en la Nación, que continuaría Cristina Fernández, y al que había que inocularle nuevos bríos.

    Ellos se veían parte de un entramado que se tejía en varias provincias argentinas. A nivel nacional, esa liga estaba siendo protagonizada por el joven gobernador salteño Juan Manuel Urtubey, quien, con un poco menos de 40 años, ya administraba los destinos del Estado norteño, y por el ex senador chaqueño Jorge Capitanich, mandatario de su provincia, hoy, uno de los que tiene chances de ser ungido candidato a vicepresidente de Cristina.

    Otros nombres que daban vueltas por la entente eran los de los actuales intendentes, de Tigre, Sergio Massa, y de La Plata, Pablo Bruera, además de algún otro extrapartidario entusiasta de formar parte de aquello superior. Pero la estrella de Jaque se fue apagando rápidamente, mucho más de lo que pudieron imaginar, y con ello se fue esfumando la posibilidad de que, en ese sueño, el mendocino fuera llamado a conducirlo por el peso específico de Mendoza, la reina indiscutida del Oeste argentino, por sus particularidades que hicieron famosa a su dirigencia a nivel nacional, independientemente del color político que la gobernase.

    Una Mendoza formal, seria, responsable, emprendedora, no feudal, institucionalmente muy fuerte. Todo quedó trunco para Jaque a mediados del 2008, cuando debió enfrentar al pueblo que lo había ungido con el honor más importante al que un político mendocino pueda aspirar, y pedirle perdón por aquella promesa maldita incumplida.

    La historia es conocida hasta ahora, con un Jaque que hizo lo que pudo para mantenerse en pie, sin someterse a las humillaciones del ultrakirchnerismo cuando se tiene un pensamiento crítico de lo hecho en muchos aspectos desde la conducción nacional, o cuando se es débil para conducir las reformas que el proyecto nacional impulsó en todo el país y que requería de compromiso a full de los caciques regionales.

    Jaque, penando por el ninguneo nacional, se confesaba kirchnerista pero no se asumía como tal, como sí lo decidió por acción y convicción el sanjuanino José Luis Gioja, por citar un caso cercano, lo que se dice un kirchnerista orgulloso. Jaque quedó a mitad de camino y, por eso, entre otras cosas, debió –y todavía lo hace– deambular por los pasillos de la Rosada ya no para que la presidenta lo atienda, sino alguno de sus ministros. Le han hecho sentir el rigor de haber querido ser independiente y autónomo, cuando no le dio el piné.

    Hace ya algunos años, desde que los Kirchner dominan la escena, una máxima se escribe con negrita en el manual de los políticos: "Si te enfrentás a los Kirchner, debe ser de igual a igual y contar con la certeza de que vas a ganar o, al menos, empatar; si, en cambio, fracasás en el intento, estás muerto, políticamente, claro está". Ese es el evangelio K que mueve los códigos con los que se maneja la política nacional que tiene a una omnímoda Cristina Fernández al frente de todo. El kirchnerismo no acepta soldados críticos, salvo que los necesite para un objetivo superior.

    De aquella liga de gobernadores hoy queda poco: Capitanich, por un lado, y militando cien por ciento los designios del cristinismo. Y el otro en pie es Urtubey, quien en abril y con 41 años cumplidos ganó la reelección de su provincia por 55 por ciento de los votos, y que se dio el gusto de hacer campaña con un eslógan sacrílego para el kirchnerismo más puro: "En Salta se vota gobernador, no un delegado del Gobierno nacional".

    Y en declaraciones a medios nacionales en su provincia solía decir: "Los salteños, mayoritariamente, tenemos una buena opinión de la presidenta, y yo pretendo acompañar, como lo vengo haciendo, pero la elección es local". Cuentan los diarios salteños que, en la intimidad, Urtubey, quien incluso osó homenajear con una recepción privada al peruano Mario Vargas Llosa y a su mujer cuando pasaron por el país, suele decir: "Al kirchnerismo le jodo estéticamente" y explica que eso se debe a que proviene de una familia adinerada del campo y porque se ha formado en el exterior.

    Quizás. Pero Urtubey no ha sido castigado con el látigo que Cristina ha usado con Jaque y otros, como es el caso del gobernador tucumano, José Alperovich, quien, igual que el mendocino, desde el martes esperaba en los alrededores de la Casa Rosada para entregarle a Cristina la lista de candidatos a diputados nacionales que debe pasar, sí o sí, por la aprobación de la primera mandataria. Igual que Jaque, con la salvedad de que el mendocino se jugaba su carta para encabezar la fórmula, para la que necesitaba la aprobación de Cristina, porque el apoyo del peronismo mendocino no es suficiente, desde luego.

    Los tucumanos debieron hacer cambios de última hora a la lista para incluir a elegidos por la Casa Rosada, tal como sucedió aquí cuando se diseñaban las nóminas de legisladores provinciales. De lo que se trata es de que las provincias ya no son lo que en algún momento fueron, pudieron ser o por lo que la Constitución dice que tienen que ser. La autonomía, la independencia de criterio y, mucho peor, el federalismo han sido socavados por un estilo de conducción y control político que le ha sido tremendamente hostil.

    La provincia pagará con creces la pérdida de movimientos autónomos. El hecho de que se decida en un cuarto de la Rosada quiénes deben ser sus representantes es un golpe cultural muy fuerte, que cala hondo. Va contra la idiosincrasia de todo el país, no sólo de esta provincia, y rompe con una divergencia virtuosa que hace grande a la República. 

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