Las atrocidades de la ESMA, contadas en primera persona
La reconocida periodista porteña y ex detenida en la ESMA reflexiona, en este texto exclusivo, sobre el fallo histórico que condenó a los máximos responsables del más grande y horroroso centro clandestino de detención.
Por: MIRIAM LEWIN
Ver a los represores de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) entrar esposados para escuchar la sentencia de un tribunal de la democracia resultó una reivindicación que familiares de desaparecidos y sobrevivientes esperamos largamente. La condena a prisión perpetua de la mayoría de ellos no reparó nuestras pérdidas ni hizo desaparecer nuestras cicatrices, pero abrió la puerta a un país diferente, mejor.
Una Argentina que está a la vanguardia en este tipo de procesos, que no están sino en debate preliminar en países vecinos como Brasil y Uruguay, y tienen bloqueado el camino en España. Hubo un comienzo de este sendero en el Juicio a las Juntas, que fue un hito indiscutible. Pero, después, llegaron las leyes de perdón y los indultos, y durante décadas, con inconcebible paciencia, transitamos las mismas calles que los torturadores, que siguieron en muchos casos cometiendo delitos aberrantes.
Recordemos que José Luis Cabezas fue asesinado por encargo del empresario Alfredo Yabrán, quien usaba para su seguridad a un grupo de hombres de la ESMA. Adolfo Donda, condenado por el tribunal, tenía una empresa de seguridad aeroportuaria hasta no hace demasiado, contratada por una aerolínea de primer nivel: American Airlines, que confiaba precisamente en su experiencia en los años de plomo.
La perversión de Donda lo llevó a permitir que se entregara a un camarada represor a su sobrina recién nacida en la ESMA: Victoria Donda, quien recupero su identidad mucho tiempo después. Donda le arrebató su otra sobrina a la abuela materna, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo. Alfredo Astiz tuvo el atrevimiento de entregar un ejemplar de la Constitución Nacional al tribunal.
Había infiltrado a un grupo de familiares de desaparecidos que se juntaban con el apoyo de religiosos en la iglesia de la Santa Cruz, fingiendo ser hermano doliente de un secuestrado. El destino final de ese grupo fueron las aguas del océano Atlántico, adonde fue arrojado adormecidos. Antonio Pernías también fue condenado. Era uno de los más feroces y temidos torturadores de la ESMA.
Cerca, Ricardo Cavallo, devenido a empresario en México mientras duró la impunidad, seguía, como siempre, escribiendo en su computadora. Ni siquiera Jorge Radice, quien se casó con una secuestrada, se mostró abrumado. Ninguno de ellos se arrepintió. Ninguno mostró sensibilidad alguna mientras, detrás del vidrio, sor Genevieve, la sobrina de Leonie Duquet –una de las monjas francesas asesinadas con el grupo de la Santa Cruz– escuchaba el nombre de su tía e inspiradora, una y otra vez en las condenas.
Tampoco los conmovían los ojos de Patricia Walsh, la hija de Rodolfo Walsh, a quien acribillaron cuando intentaban secuestrarlo, ni el gesto de su viuda. En pocos metros cuadrados se reunían el mal, la perversión y el dolor. Dos de ellos fueron absueltos. Seguramente, esta decisión será apelada. De todos modos, otros procesos los esperan, y por eso seguirán detenidos.
Pero se inician también otros caminos. Uno de ellos, el de los crímenes sexuales, violaciones y abusos sexuales cometidos al amparo de la impunidad de aquellos años. Los horrores sufridos se descubren poco a poco. En un principio, había que denunciar las desapariciones, los asesinatos y los robos de bebes. Parecía impúdico relatar que los secuestradores y homicidas se habían quedado también con autos, casas, departamentos y campos.
Ahora llegó el turno de revelar lo más difícil de relatar, que hasta el momento se había considerado incluido en la tortura. No es que antes nunca se haya revelado. Muchas mujeres describieron desde su primera declaración que habían sido vejadas y violadas, aun en estado de embarazo. Pero no había jurisprudencia al respecto.
Era un detalle más, no un hecho a investigar especialmente. Otras, lo pensábamos casi como natural, parte de la mecánica cruel de la represión. Con la declaración de los delitos sexuales cometidos en este contexto como crímenes de lesa humanidad se abre la posibilidad de condenar otro aspecto del horror.
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Alfredo Astiz, perfil de un asesino
Pese a que admitió haber sido "entrenado para matar", el ex marino Alfredo Astiz, condenado el miércoles a prisión perpetua por crímenes cometidos durante la dictadura, se rindió sin disparar un solo tiro durante la guerra que libraron Argentina y Reino Unido por las Islas Malvinas en 1982. La misma sangre fría había tenido en 1977 para, con el falso nombre de Gustavo Niño, infiltrarse entre las Madres de Plaza de Mayo que comenzaban a organizarse para buscar a sus hijos desaparecidos, simulando ser el hermano de uno de ellos.
La combinación de su ferocidad con los indefensos y su cara aniñada hizo que se ganara el apodo de el Ángel de la muerte y se convirtiera en el máximo símbolo del terrorismo de Estado que asoló a Argentina entre 1976 y 1983, incluso, por encima de algunos de los dictadores de la época. Alfredo Astiz nació en la ciudad bonaerense de Mar del Plata el 8 de noviembre de 1951 y, tras el golpe de Estado de 1976, fue asignado a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), en la zona norte de Buenos Aires y donde funcionó la principal cárcel clandestina del régimen de facto.
Como capitán de fragata perteneció al Grupo de Tareas 332 (GT 332), responsable de innumerables secuestros de personas que permanecieron cautivas en la ESMA, por la que los organismos humanitarios calculan que pasaron unos 5.000 detenidos, de los cuales sólo sobrevivieron cerca de 100.
Las Madres de Plaza de Mayo fueron algunas de las primeras víctimas de su accionar delictivo, cuando el 10 de diciembre de 1977 Astiz "marcó" con un beso en la puerta de una iglesia a quienes, unas horas después, serían secuestradas por su grupo paramilitar: Azucena Villaflor, Esther Ballestrino y María Ponce, las fundadoras de esa organización. La misma suerte corrieron las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, quienes permanecieron cautivas en la ESMA hasta que fueron arrojadas al mar desde un avión militar en uno de los tristemente célebres Vuelos de la Muerte.
Tiempo después, el marino asesinó por error a la adolescente sueca Dagmar Hagelin, al confundirla con una guerrillera. En 1982, durante la guerra por la soberanía de las Malvinas, Astiz integró un grupo de comandos al que se le asignó la defensa del archipiélago de las Georgias del Sur, y fue tomado como prisionero por las fuerzas británicas sin ofrecer resistencia alguna. En 1986 y 1987 fue uno de los cientos de represores beneficiados por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y, en 1990, la Justicia francesa lo condenó, en ausencia, a prisión perpetua por los crímenes de las religiosas Domon y Duquet.
Siete años después, el juez español Baltasar Garzón solicitó su captura y extradición junto con las de otros 44 militares argentinos acusados de genocidio. En 1998 fue expulsado de la Marina, institución a la que, decía, estaba "orgulloso" de pertenecer. Antes había protagonizado un escándalo mediático al ofrecer una entrevista a un semanario en la que confesó su admiración por el guerrillero Che Guevara y su miedo durante los tiroteos callejeros, además de jactarse, con gran soberbia, de que algunos ex militares lo habían buscado para que liderara un nuevo golpe de Estado.
El 2003 marcó el principio del fin para el antiguo marino, cuando el Parlamento argentino anuló las denominadas Leyes del Perdón y se reactivaron cientos de causas por delitos de represión contra otros tantos militares y miembros de las fuerzas de seguridad, entre ellos, Alfredo Astiz. La megacausa ESMA lo llevó a una cárcel militar a comienzos del 2004 y, dos años después, un tribunal ordenó la reapertura de la investigación por la desaparición de la joven sueca Dagmar Hagelin. Tras ser condenado a prisión perpetua en Italia, también en ausencia, Astiz fue trasladado en el 2007 a una cárcel común, donde ha esperado el juicio por sus crímenes en la ESMA, que la semana pasada llegó a su fin.
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