Un paso que marca diferencia
Lograr que la Justicia caiga también sobre los cómplices civiles de la dictadura es un hecho que marca una distancia de Argentina sobre el resto de los países que padecieron totalitarismos.
Por: EL SOL
De pronto, aquello que pareció lejano e imposible comienza a tomar forma hoy. El camarista federal Otilio Romano, acusado de ser partícipe primario en más de cien crímenes de lesa humanidad, comenzará a atravesar el juicio político que busca destituirlo de su cargo. Será un caso atípico, porque el juez no estará para defenderse. Decidió evitar el proceso para expulsarlo del Poder Judicial de la Nación y, en cambio, entendió que era mejor fugarse y decir en Chile que es un perseguido político.
El de Romano es un caso entre varios. El camarista mendocino llegó a este punto por estar sospechado de haber sido colaboracionista del aparato represor que actuó durante la última dictadura militar. Se trata del poder civil que se escondió detrás de las botas de los militares para operar de manera encubierta a favor de sus intereses.
A medida que pasa el tiempo, y mientras las heridas comienzan a cerrarse a partir de la condena de los principales responsables del terrorismo de Estado en nuestro país, son más los documentos que se desclasifican y que toman estado público y se multiplican nuevas investigaciones para llevar a la Justicia a todos los que, en alguna medida, fueron parte de una de las etapas más oscuras de la historia argentina.
Saber marcar la diferencia entre memoria, olvido, justicia y venganza ha colocado a nuestro país en un lugar de privilegio en materia de derechos humanos; desde la presidencia de Ricardo Alfonsín hasta la de Cristina Fernández, con momentos no tan gratos, como fueron las promulgaciones de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y, ya en la década del 90, los indultos a genocidas.
Hace apenas unas semanas se conoció la condena a perpetua contra uno de los máximos referentes del terror: Alfredo Astiz. Fue en ese instante cuando la figura de la impunidad pareció desvanecerse en Argentina y la puso un escalón por encima de sus vecinos latinoamericanos, que todavía se debaten entre la necesidad de rever o no el pasado. Y en esa discusión se les va el presente y el futuro.
El proceso contra Romano es simbólico en todo sentido. Significa que no sólo se puede matar con un fusil o arrojando a alguien desde un avión a un río. Los delitos de lesa humanidad cometidos en Argentina fueron más que eso. Hubo quienes les dieron el visto bueno a esos crímenes; quienes decidieron mirar para otro lado y, con el silencio, convertirse en cómplices.
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