Posturas extremas sin debate de fondo
Cada vez que se habla de minería en Mendoza, se levantan voces completamente radicalizadas, a favor y en contra en detrimento de un debate que, por ahora, no tiene cabida.
Por: EL SOL
Para una gran porción de la sociedad, minería es minería. No interesa si se trata de una exploración minera, de una explotación o simplemente de una reunión de trabajo con empresas mineras. Es así de simple y así de complejo. Porque cada vez que se habla de esta industria en Mendoza se levantan voces completamente radicalizadas, a favor y en contra, y se pierde por completo la escala de grises necesaria e indispensable para darle forma a un debate maduro.
En este punto, mucho tiene y tuvo que ver el Gobierno; desde la gestión de Julio Cobos hasta la de Celso Jaque, períodos en que la minería sonó como tema de Estado aunque nunca con una postura firme, y caminando siempre por una ciclotimia que denotó falta de decisión política para establecer reglas de juego claras. Frente a esa postura timorata apareció la resistencia popular como mecanismo para defender, a ultranza, la riqueza de la tierra, que va más allá de los metales preciosos o de los que son necesarios para el desarrollo industrial y tecnológico.
Se desarrolló un instinto de supervivencia que no pudo ser doblegado ni con seductoras ofertas de puestos de trabajo ni con la promesa de un desarrollo urbano digno de ciudades primermundistas. Esos vaivenes políticos y la carencia de una estrategia de comunicación efectiva determinaron que cada acción oficial sea tomada, por parte de quienes defienden los recursos naturales de su terruño, como un acto de traición.
A partir de esta idea se entiende la férrea oposición de la población sancarlina a cualquier tipo de actividad ligada con la minería. Sobre todo, porque entienden que son ellos los dueños del hábitat y que ninguna decisión estatal los puede dejar al margen. Es cierto: la ley contempla, como paso obligatorio en cualquier proceso que busca una Declaración de Impacto Ambiental, una audiencia pública que, de cualquier modo, no será determinante a la hora de aprobar o no un permiso.
Y frente a ese vacío aparecen las manifestaciones populares, con la defensa del agua como estandarte incuestionable. En el medio queda siempre la misma discusión de "minería sí" o "minería no", como postulados que no permiten ningún tipo de atenuantes y en detrimento de un debate que, por ahora, no tiene cabida.
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