El equilibrista
Por Marcelo Torrez En Mendoza, el statu quo establecido cruje ante el mínimo esbozo de reforma, lo que no es ni un bien ni un mal.
Por: Marcelo Torrez
Es evidente que el Gobierno de Francisco Paco Pérez deberá moverse al ritmo que marca Cristina Fernández desde la Nación.
El desafío para la novel, todavía, administración de la Provincia y con alguna dosis de crédito social a su favor, por ahora, estará puesto en su sapiencia para evitar que aquel influjo del cristinismo no lo termine conduciendo hacia el barranco en Mendoza. Cristina avanza y pide acción a sus soldados: constricción al trabajo y una actuación leal y firme en la cruzada que se desarrolla en varios frentes.
Una mínima genuflexión o debilidad de algunos de sus comandantes significará un destino de miserias e indiferencia para el aludido, del que difícilmente se pueda recuperar. Pérez siempre pareció tener bien en claro su rol como gobernador y líder político de la provincia.
Sería siempre K, acompañaría a Cristina en su derrotero y no dudaría nunca en el rumbo que la administración de la presidenta ha elegido para defender el modelo, ahora en su versión 2012 corregido con la famosa "sintonía fina". Lo que es una incógnita, o bien se le presenta como un escenario escabroso y ponzoñoso en el frente interno, es cómo adecuará e interpretará ese evangelio que rige la política nacional, en una Mendoza en donde la regla que impera está influida por la sensibilidad extrema en casi todos los temas que se abordan.
En Mendoza, el statu quo establecido cruje ante el mínimo esbozo de reforma, lo que no es ni un bien ni un mal en sí mismo, sino que es así. Dicho de otro modo: los tiempos del escenario nacional son mucho más rápidos que los que puede soportar la provincia. A esto se suma que, muchas veces, las luchas del campo nacional no son las del campo provincial. Y las cruzadas mendocinas no llegan casi nunca a desviar o modificar, en caso, lo que se hace a nivel nacional.
Por eso, Pérez está en un tramo complicado en la marcha de su gobierno con las exigencias que le impone la línea nacional. Él podrá ordenar silencio a sus funcionarios sobre los temas urticantes que desestabilizan su gestión y su vínculo con la sociedad –como hizo días atrás con el meneado asunto minero con el flamante director de Minería, Carlos Molina– quien había osado hablar abiertamente del desarrollo de la actividad con apego a la ley 7.722. También con el secretario Walter Vázquez, quien, literalmente, se esfumó de los lugares que solía frecuentar. Pero no podrá, al menos por ahora, ignorar las decisiones estratégicas ordenadas por su jefa, Cristina, porque los intereses de la presidenta son otros y si se pretende formar parte del círculo de protección y de bendiciones, habrá que pasar por tragos amargos en donde, para el paladar de Mendoza, la hiel es el principal componente.
Cómo congeniar el proyecto político de Cristina, que obliga a ejecutarlo sin miramientos, con jugadas fuertes, al hueso, con el suyo, que tiene que desplegar en Mendoza.
Durante varios días, voceros oficiosos de Pérez estuvieron sembrando la idea de que el gobernador tiene margen para conducirse con cierta autonomía e independencia de los conflictos que acaparan la atención de la presidenta. Pero la sensación es que el cerco se le está cerrando.
El mentado proyecto nacional avanza en varios frentes, dejando secuelas de costos variados. En muchas cruzadas, Pérez se sentirá a gusto, como en el caso de la presión a las petroleras porque coincide con lo que se planteó en la campaña y en su propio plan. Pocas cosas resultan hoy más atractivas que descargar una serie de advertencias y denuncias sobre el accionar de las petroleras en Mendoza, cuando el combustible escasea y cuando se tiene la certeza de que a estas empresas hay que ahogarlas desde todo punto de vista para que dejen en el territorio los recursos de su explotación. Son acciones de gran aceptación popular ante la indignación.
Conducir un Estado que es propietario de las plataformas y blandir el posible uso de la herramienta poderosa del quite de la concesión –a pedido de la propia presidenta– lo pone a jugar al gobernador en un lugar cómodo y que disfruta, desde ya.
Avanzar con decisión en un control que, se supone, será serio, sobre las empresas que tienen la concesión de servicios públicos, como las del transporte y, en menor medida, sobre las eléctricas (en menor medida porque muchas de ellas están en manos de empresarios hoy socios estratégicos del proyecto nacional, por lo que el acelerador no se presionará de la misma forma, seguramente), lo coloca a Pérez en un campo en donde tendrá aire para desplazarse, conociendo que el humor social sobre estos concesionarios es el peor.
Pero no ocurre lo mismo con el sinuoso asunto minero. Es evidente que Cristina ordenó la conformación de la Organización Federal de Estados Mineros (Ofemi), no sólo para unificar la política minera nacional, sino para dar señales a la corporación con la que se enfrenta, una entente conformada por medios, conglomerados empresariales y organizaciones políticas y ambientalistas, de que se jugará fuerte en todos lados.
Cristina entiende una batalla política en varios escenarios, en casi todos, en donde no sólo se discute por poder, sino por recursos económicos que se necesitarán de manera urgente y en cantidad para sostener el modelo. Mientras la Ofemi divague en cuestiones filosóficas y declarativas, el mandatario mendocino no tendrá demasiados problemas en el frente particular, en el interno, como hasta ahora. Las aclaraciones que divulgó la Casa de Gobierno sobre la presencia de Mendoza en esa liga de gobernadores promineros abundaron en los detalles sobre los puntos que sensibilizan a buena parte de la provincia.
Que aquí no hay minería metalífera; que aquí está vigente la 7.722; que prohíbe el cianuro, el ácido sulfúrico y el mercurio; que es necesario "propiciar debates serenos y reflexivos"; que sólo tenemos desarrollos mineros vinculados a los fertilizantes, a los hidrocarburos, a la construcción y a las cementeras y que es necesario avanzar en la "licencia social" en aquellos proyectos en donde la situación ambiental es lo que preocupa. Mientras el debate sea sólo retórico, en ese campo no tendrá demasiados inconvenientes.
Estos surgirán cuando la corpo minera se alíe con el Gobierno nacional en la lucha contra las otras corpo, con las que libra hoy la madre de todas las batallas. Pero será otra la historia.
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