La amarga certeza de Italia 90
Me encantaría jactarme de haber vivido conscientemente el Mundial del 86, de haber gritado los goles del Diego, de haber sido feliz sintiéndome campeón del mundo. Pero nací con la democracia y, cuando Diego fue el mejor Diego, yo no tenía ni tres años...
Por: Gonzalo Ruiz deportes@elsoldiario.com.ar
Me encantaría jactarme de haber vivido conscientemente el Mundial del 86, de haber gritado los goles del Diego, de haber sido feliz sintiéndome campeón del mundo. Pero nací con la democracia y, cuando Diego fue el mejor Diego, yo no tenía ni tres años.
Lo tengo que aceptar, mis primeros recuerdos de un Mundial son los de Italia 90.
Del 86 guardo una foto que me enorgullece. Salgo parado en un sillón de mi casa ondeando una bandera de Argentina. La bandera es de naylon, muy ochentosa. Siempre que veo esa foto me imagino que en ese momento mi viejo me está diciendo que somos los mejores del mundo, y yo sonrío sin entender un carajo, pero muestro orgulloso mi bandera celeste y blanca.
El debut de Argentina en Italia 90, contra Camerún, lo vi en la casa de mis abuelos paternos. No entendía por qué todos estaban tan atentos a un partido. Era niño, me importaban otras cosas, como los capítulos de He-Man o los de Robotech. El fútbol, silencioso, absorbente, estaba llegando a mi vida, pero todavía no me daba cuenta. Yo soñaba con tener el poder de Greiscol, no con levantar la copa del mundo.
Me daba mucha gracia el nombre de un jugador de Camerún. Makanaki se llamaba. ¡Cómo un jugador de fútbol se va a llamar Makanaki! Eso, a los seis años, era realmente gracioso. Oman Biyik era otro nombre para la risa, porque me hacía acordar a la revista Billiken, supongo que por una cuestión de sonoridad (Oman Biyiken, habré pensado). Juro que no desayunaba ácidos lisérgicos. En la infancia uno relaciona cosas absurdas. Biyik, para que se acuerden, es el que nos clavó en ese frustrado debut en Italia. De ahí en adelante le pedí a mi vieja que no comprara más la Billiken. Aguante la Anteojito.
Después del debut, el Mundial se transformó en un álbum de figuritas. No me acuerdo de los partidos contra la Unión Soviética y contra Rumania. Pero jamás olvidaré cuando me regalaron el álbum oficial del Mundial y diez paquetes de figuritas. ¡Diez paquetes! Había empezado mi romance con el fútbol. Y había empezado, además, mi idilio con la colección de figuritas.
El Mundial se resumió a juntar figuritas, a jugar con figuritas, a cambiar figuritas y a soñar con figuritas de futbolistas que jamás había visto y que -resabios de la década del 80- tenían bigotes. Qué lástima que, entre tantas cosas que perdió el fútbol en los noventa, una fuera los bigotes.
El partido contra Brasil, por los octavos de final, tuvo un doble sabor. Por un lado, la lógica alegría de un triunfo histórico. En realidad, la alegría de ver a todo el mundo alegre. El lado negativo de esa victoria fue que, con el Agu, mi mejor amigo de la infancia, nos ligamos uno de los retos más bravos de esa época. El más bravo y feroz, sin dudas, y gana por escándalo, fue el que ligamos cuando, sin querer, prendimos fuego el campito de los galpones abandonados, enfrente de lo que ahora es el Parque Central. Eso fue heavy. Nunca más tiré un petardo en una montaña de hojas secas de álamo.
El tema es que mientras veíamos el partido contra Brasil, con el Agu nos dimos cuenta de que estaba pasando algo muy importante, porque nadie nos daba bola. Todos estaban prendimos a la tele, sufrían, insultaban, gritaban. Nosotros aprovechábamos los momentos de quilombo y ensayábamos nuestros primeros insultos con absoluta impunidad. A mí me encantaba decir boludo, el Agu era drástico, él usaba el hijos de puta. Cuando vimos que Maradona hizo algo que ningún jugador hacía y que Caniggia metió un golazo y festejó con el puño derecho, moviéndolo cortito, como diciéndole al Diego: "¡Somos dos cabrones, mirá lo que hicimos!", entendimos que teníamos que preparar el gran festejo.
Nos fuimos a su pieza y empezamos a cortar papeles para tirar por la terraza del edificio donde vivíamos. Terminó el partido, se escucharon gritos por todos lados, sonaron petardos y todos felices. Enfilamos hacia la terraza. De ahí, empezamos a tirar al aire un montón de papeles cortados y veíamos cómo volaban lentamente.
Nuestra emoción era difícil de explicar, era la primera vez que celebrábamos algo que relacionaba a nuestro país y a un triunfo. Era nuevo y estaba bueno. Hasta que llegaron mi vieja y la vieja del Agu con cara de no querer festejar un carajo, con cara de brasileñas. Nos agarraron de las orejas y nos dieron varios cachetazos muy bien puestos. Chau festejo y se acabó la magia. Tanto quilombo porque habíamos destrozado nuestros manuales de la escuela. Las madres no entienden nada. ¡¿Cómo no íbamos a liquidar el Voy contigo 2 si le ganamos a Brasil?!
Contra Yugoslavia, en cuartos de final, lo vi en casa de mis abuelos maternos. Lo vi junto a, por lo menos, diez mujeres, entre abuela, madre, tías, primas y hermana. Yo, el único hombre, bendito entre todas las mujeres, quedé al amparo de damas histéricas y gritonas. Supongo que los hombres de la familia estaban trabajando o habían escapado.
Tengo una sola imagen de ese partido. Un yugoslavo por patear un penal, un primer plano de Goycochea, el arquero nuestro, y mis primas gritándole a la pantalla frases como "Goyco, atajalo porque sos lindo", "Goyco hermoso, sos el mejor, lo tenés que tapar". Esa actitud de primas adolescentes era algo totalmente inentendible. ¡¿Cómo mierda se les puede ocurrir decirle a un arquero que ataje un penal con el argumento de que es lindo?!
La platea femenina me dirá que Goycochea atajó varios penales en ese Mundial. Es cierto, los atajó, pero gracias a aptitudes deportivas o a su instinto, no porque era carilindo o tenía pinta de galán de novela. Me juré que nunca más iba a ver un partido con mis tías y mis primas. No lo cumplí.
A la noche, mi viejo me regaló una bandera de Argentina. Me podía envolver en la bandera. "Cuando le ganemos a Italia, vamos a ir al centro y vos vas a sacar la bandera por la ventanilla del auto", me prometió. No había dudas, el Mundial estaba buenísimo.
A esa altura, cada vez que sonaba la canción del Mundial, esa que cantaban dos tanos jóvenes, la piel se me erizaba, el corazón latía más rápido, era todo un mundo nuevo que conocía con cada partido.
Hoy, 20 años después, me pasa lo mismo.
Y así llegaron las semifinales ante el candidato, Italia. Ese partido lo empecé a ver en la casa de mis abuelos maternos, porque no estaba la platea femenina que se había ganado mi desprecio. Sin embargo, las damas llegaron al instante. Aguanté un rato pero no me quedó otra que irme a lo de mis abuelos paternos, que vivían en la misma manzana.
Cuando llegué a la casa de la Pepi y el Papún me encontré con que Argentina perdía 1 a 0. Y mis dos abuelos, sangre española antitana, estaban de mal humor. Y yo también, porque justo que me cruzo de casa, me pierdo un gol. Vi buena parte del partido con ellos hasta que -no tengo idea por qué-, volví a la otra casa, la de la platea femenina. Cuando iba cruzando la placita que queda en la esquina, escuché un griterío infernal. ¡Otra vez me perdí un gol!
Llegué, Argentina empataba, Caniggia ahora era el objeto del deseo de todos los piropos de la platea femenina, que estaba al borde de un ataque de nervios, aunque en su puta vida habían visto un partido completo.
La definición por penales fue parecida a la de los yugoslavos. Ganamos porque el Goyco era hermoso, era un amor, y atajaba todos los penales, qué divino. En el último penal, me acuerdo de que Goycochea lo ataja, la pelota queda a unos metros de la línea y él sale corriendo al medio de la cancha para festejar con sus compañeros. Momento de éxtasis, éramos finalistas. Pero a una tía -cómo olvidarlo-, casi le da un ataque, porque creyó que un tano podía empujar la pelota hacia adentro del arco mientras los argentinos festejaban. Yo, con seis años, sabía que eso no se podía hacer. Mi abuelo Juancho sólo se reía de la reacción de su hija.
Menos mal que a los pocos minutos cayó mi viejo y en el Dodge 1500 cremita nos fuimos al centro. Mi viejo manejaba y tocaba bocina. Bajé la ventanilla y movía la bandera como loco. Cantábamos "volveremos a ser campeones como en el 86". Mi viejo no es -ni nunca fue- amante del fútbol, pero eso lo hacía por mí. Y yo estaba chocho, canté y grité como nunca. Hasta me dejó cantar esa que decía "salta, salta, salta, pequeño canguro, que a los italianos les rompimos el culo".
Esa tarde de invierno del 90 entendí, por primera vez en la vida, que la felicidad es un momento descaradamente fugaz. A los seis años, la felicidad era eso: un Mundial, Argentina finalista, mi viejo y yo cantando en el centro, gritando que íbamos a salir campeones de nuevo. Si pudiese volver en el tiempo, al primer momento que retornaría sería a ese. Mi viejo, yo en sus hombros y mi bandera, en calle San Martín. Nada más.
La final la esperé con muchas ansias. En esos días todo era nuevo para mí. El fútbol, el equipo argentino, Maradona, Caniggia, Goycochea. Ver tanta gente que cante, que salte, que diga que es de Argentina, que sonría, que disfrute... Con el tiempo supe lo del bidón de Branco, supe de Bilardo, supe de lo feo que jugaba Argentina, supe del desencanto. Pero a los seis años eso no existía.
El domingo de la final, cuando me desperté, mi viejos me contaron que se había muerto don Altamira, un vecino que vivía en el departamento frente al nuestro. Era un tipo grande, canoso, futbolero, que lo recuerdo como buena gente, porque siempre me tiraba algún chiste y nos preguntaba a los chicos por los partidos que jugábamos. Saber que don Altamira se había muerto la mañana previa a la final fue un golpe extraño. Todo estaba perfecto, todo era felicidad en mi mundo. No era posible que de repente un tipo que me caía bien se muriera porque sí, porque de eso se trata la vida.
Me di cuenta de que Dios no era tan bueno como lo pintaban. Si Dios es bueno, ¿cómo mierda era posible que don Altamira se perdiera la final del Mundial?
Y ahí me cerró todo, en ese momento perdí la inocencia. Porque mi abuela Pita había dicho: "Si Dios quiere, vamos a ganar el Mundial". Y Dios, el muy hijo de puta, se había llevado a don Altamira. Simple: era imposible que Dios quisiera que le ganáramos a los alemanes. Estaba todo muy claro.
La final ni siquiera la vi. Cuando empezó el partido, nos fuimos con el Agu a los galpones del ferrocarril. Y en esa fría tarde de domingo comprendí algo para toda la vida. Triste y un poco menos niño, tuve la amarga certeza de saber que Dios no es argentino.
A todos aquellos que se enamoraron del fútbol gracias a un Mundial.
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