Mosquito

El tipo se acostó en calidad de bulto. Había trajinado todo el día desde temprano, manejando en el centro, situación de Lexotanil, haciendo colas en el banco, en la AFIP, en la mutual, y eso que estaba trabajando, con líos en la oficina, de tarde, con un calor tan intenso que transpiraba hasta por la medallita, con los conflictos propios de una oficina donde la mitad está de vacaciones y la otra mitad que ya salió de vacaciones sigue de vacaciones.

01 de Febrero de 2011 03:13

Por: JORGE SOSA

    El tipo se acostó en calidad de bulto. Había trajinado todo el día desde temprano, manejando en el centro, situación de Lexotanil, haciendo colas en el banco, en la AFIP, en la mutual, y eso que estaba trabajando, con líos en la oficina, de tarde, con un calor tan intenso que transpiraba hasta por la medallita, con los conflictos propios de una oficina donde la mitad está de vacaciones y la otra mitad que ya salió de vacaciones sigue de vacaciones.

    Cenó con los ojitos a media asta, como japonés encandilado. No comió cerdo, por las dudas la presidente tenga razón y tuviese que demostrar que aún tiene con qué. Se desparramó como una gelatina viscosa sobre la cama, vestido nada más que con el calzonillito, y con el ventilador puesto sobre la mesita de luz, apuntándole a la cara, y a los dos segundos cuarenta centésimos, empezó a roncar sonoramente, de tal forma que el choco comenzó a ladrar, porque se pensó que habían comprado otro choco en la casa.

    Pero a los pocos minutos….¡zzzzzzzzz!...Al tipo no lo despierta ni un choque de camiones en el living, pero ese suave, modesto, minúsculo ¡Zzzzzzzzz! lo despierta. Entonces, trata de hacer que no ha escuchado, pero el ¡Zzzzzz! se repite cada vez más cerca de sus oídos. Entonces, le dice a su mujer: “Vieja, hay mosquitos”. Pero su vieja está monolíticamente dormida, porque sabe que si hay algún mosquito, existe noventa por ciento de posibilidades de que lo pique a él, porque su anatomía ocupa casi noventa por ciento de la cama.

    La mujer no es una solución, entonces, piensa en los espirales que están en el cajón de la cocina y, para ir a buscarlos, es inevitable que se levante. Con los inevitables inconvenientes, que la espiral no se despega de la otra espiral, hasta que una de las dos, sino las dos, termina rompiéndose, lo que es un mínimo pero concreto déficit económico, que al sostén metálico se le dobla la punta y no sostiene a la espiral, que ¿dónde diablo habrá puesto esta mujer los fósforos? Por fin logra llegar a la pieza con el adminículo encendido y se dispone a descansar a sus anchas, que son muchas, pero….el olor lo jode, el olor del espiral le molesta, no le permite concentrarse en mirar para dentro.

    Entonces se levanta y prende un sahumerio para contrarrestar el olor de la espiral, pero el olor del sahumerio es peor que el de la espiral. Por fin, después de dos horas perdidas en el intento, prende el televisor para llamar al sueño, con una revista en la mano, por las dudas el zancudo vuelva a aparecer, y ¿qué están dando en televisión? Pues, los tres mosquiteros. No hay derecho.

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