Oro

El hombre subió pidiendo: “Oro, oro”

16 de Febrero de 2011 02:49

Por: Jorge Sosa

    El hombre subió pidiendo: “Oro, oro”. Repetía la palabra para darse ánimo y porque, en definitiva, todo lo que estaba haciendo era para encontrar el oro. Subía dificultosamente la montaña que lo agredía con rocas puntiagudas, con piedras flojas y con el aire que cada vez se hacía menos aire. Sin embargo, insistía: “¡Oro, oro!” Clamaba como en un ruego, como una forma de darse aliento en medio del desasosiego de la ascensión. De vez en cuando tomaba unos tragos de agua de su cantimplora polvorienta y continuaba: “Oro, oro”.

    Le habían dicho las lenguas del pasado que esa montaña guardaba oro para aquellos que se aventuraran y la desafiaran. Pero el desafío era muy grande. Sus piernas le pesaban y le dolían, cada paso era un enorme sacrificio, casi una tortura. Sabía que sus pies estaban ampollados y que mucho más no podría caminar. “Oro, oro…” su voz, único sonido de aquellos lugares, le volvía para darle impulso, se impulsaba con su propia voz.

    De pronto vio un brillo adelante, a pocos metros, pero sus fuerzas ya eran flequitos de fuerzas, no daba más. Se arrastró entonces, entonces se apoyó en todo su cuerpo, maltratándose en cada metro que avanzaba, fue reptando hacia lo brillante sin deja de decir: “Oro, oro”. Por fin llegó, manoteó el brillo y se dio cuenta de que no estaba equivocado, era oro. Entonces, lo dijo con las escasas ganas que le quedaban: “¡Oro, oro!” Y volvió a volcar en su boca el pico de la cantimplora, la sed lo abrasaba, la sed lo cercaba por dentro.

    Lo encontraron unos andinistas a los pocos días, muerto al lado de su codicia, el oro, muerto al lado de su cantimplora, sin agua. El oro no es necesario para la vida. El agua es indispensable. El mundo no es una joyería, el mundo es naturaleza. No a la minería contaminante. Que los codiciosos mueran empachados de metales nobles, nosotros, amantes de la vida, sólo queremos vivir, y que vivan nuestros nietos, y los nietos de nuestros nietos. Sigan buscando el oro, señores miopes de futuro, pero que la vida les pase la factura cuando les llegue la hora de saciar la sed, cuando nada suene adentro de vuestra cantimplora.

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