Humor

Admiro la capacidad de repentinización en el humor que tenemos los argentinos, la capacidad de cargarnos aun de nosotros mismos y de nuestros infortunios

11 de Marzo de 2011 01:26

Por: Jorge Sosa

    Admiro la capacidad de repentinización en el humor que tenemos los argentinos, la capacidad de cargarnos aun de nosotros mismos y de nuestros infortunios. Por eso decimos: "En Argentina sólo sufren cinco personas: yo, tu, él, nosotros y vosotros. Ellos se matan de risa". Los mendocinos somos como el viento Zonda: andamos a las corridas, secos y calientes. Los extremos de América se parecen mucho: en el norte están los esquimales, en el sur los esquilmados.

    Sin embargo, esta capacidad de humor suele transformarse en un castigo cuando lo aplicamos a personas que nos rodean. Sabemos bien que el argentino es proclive a las cargadas, y, cuando encontramos una víctima propiciatoria, podemos llegar a ensañarnos con ella hasta hacerle la vida imposible. Los problemas físicos del versus acaparan nuestra atención y los usamos como blanco de nuestras chanzas, chistes y menciones risueñas, sin detenernos a pensar el daño, de todos modos posible, que podemos hacerle a la autoestima de quien es, por sobre todas las cosas, un compañero.

    La crueldad manda, y muchas veces nos pasamos de la línea que implica la piedad. Somos impiadosos con aquel que sobresale anatómicamente por algo o que posee carencias en su superficie corporal. Y, entonces, a un gordo lo apodamos fotógrafo profesional (siempre con los rollos encima) o boliche de indio (porque no le entra ningún vaquero). A un cabezón le decimos molde para hacer rotondas; a un pelado, casa quinta (dos entradas y una pileta al fondo) o cubrecama (sólo con flecos en la orilla). A un petiso le podemos decir corso de pueblo (cortito y con pocas luces) y a un morocho pueden llamarlo Fernet Branca (negro, amargo y se cree el mejor).

    Por más ingeniosos que puedan parecer estos sobrenombres, seguramente habrán de causarle menudos disgustos a aquellos que los soportan. La alegría colectiva es un maravilloso aliciente para que los grupos encuentren una válvula de escape a sus mufas, pero se trata de reír con todos y no todos contra uno. Eso no tiene ninguna gracia, es, de algún modo, una forma sonriente de la violencia. Ni más ni menos.

    Y, si no, hagamos un sorteo, viejo. Que cada día nuevo le toque a uno distinto, porque, si no, en vez de compañeros, seremos complejeros, es decir, estaremos constantemente ayudando a que aumenten los complejos de ese al que la naturaleza le dio un poco de más o un poco de menos. No sólo con las armas se lastima, no sólo con las armas. 

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