lesa humanidad

Un testigo apuntó a Mussere como el primero que lo torturó

Acusó a la empresa en la que trabajaba como su entregadora. Un segundo testimonio señaló a otro imputado.

15 de Julio de 2010 08:38

<strong>Desgarrador. </strong>El testimonio de Barahona fue clave para la fiscalía. Ampliar foto

Desgarrador. El testimonio de Barahona fue clave para la fiscalía.

Por: Daniel Calivares daniel.calivares@elsoldiario.com.ar

"El primero en torturarme fue Mussere", se escuchó desde la silla de los testigos, donde estaba Luis Barahona. Frente a él, José Mussere levantó la vista manteniendo la cabeza hacia abajo, para luego seguir escribiendo ininterrumpidamente en un cuaderno, salvo cuando resonaba su nombre en la sala de debate.

La misma situación se vivió horas después, cuando un segundo testigo, Isidro Calivar, señaló al acusado Juan Labarta como su posible entregador.

Pasó la séptima jornada del juicio por delitos de lesa humanidad de San Rafael, y el futuro de los imputados se complicó aún más.

PATRIOTAS. Luis Barahona fue secuestrado el 28 de abril de 1976, pasó por Infantería, luego por la Municipalidad y, tras una estadía de varios meses en la Casa Departamental, recaló en La Plata,, junto a dos famosos presos políticos: Antonio di Benedetto y Ángel Bustelo, previo paso por la penitenciaría provincial.

Según explicó Barahona durante su testimonio, él era gremialista de la fábrica Grassi, en Malargüe, a la que señaló por haberlo entregado a causa de ser delegado gremial, cuando lo detuvo en su casa una comisión de policías de la Seccional 24ª de ese departamento, que integraba Mussere, quien fue el encargado de trasladarlo a Infantería.

La noche del 29, el mismo Mussere se encargó de llevarlo a la Municipalidad; al llegar, le ordenó que subiera tres escaleras, pero flexionado. Mientras Barahona lo intentaba, Mussere le propinaba golpes de puño y patadas y, cada vez que Barahona se caía, debía volver al principio, en un cruel juego de escaleras y serpientes, donde no se ganaba, salvo que el mandamás lo ordenara.
Una vez en su destino -se presume que sería el piso donde se ubica la radio municipal-, a Barahona le vendaron los ojos y, a los minutos, comenzó a sentir pasos, entre ellos, los de un militar de apellido Alonso, sobre el cual la querella pidió que se investigara.

Inmediatamente, sin preguntar nada, comenzaron "palos, patadas y picanas", relató. "Me ataron las manos y me pusieron como en una parrilla. Eso duró hasta las 2. Sólo me preguntaron por un tal (Mario) Santucho y (Norma) Arrostito", explicó Barahona, quien reconoció que aún no sabe quiénes eran.

El resultado de esas torturas fue que durante quince días tuvo que ser alimentado por sus compañeros de celda en la Casa Departamental y uno de ellos le curó los testículos, donde le habían aplicado golpes de electricidad a través de una picana.

Sin embargo, antes de esto, debió vivir otro suplicio, ya que el mayor Luis Suárez ordenó que lo echaran a El Nihuil y, pensando que iba hacia ese lugar, se le fue el temor recién cuando vio que volvía a Infantería, de donde fue trasladado a la Casa Departamental, tras ser revisado por el médico Cristóbal Ruiz Pozo, acompañado de Mussere, quien nuevamente sirvió para el traslado.

En su nuevo lugar de detención estuvo alojado hasta noviembre. Allí debió soportar que el 9 de Julio los militares festejaran el día patrio con ellos.

Es decir, les hicieron hacer flexiones, les dieron culatazos con sus armas y les pegaron durante tres horas. También les aplicaron la tortura del submarino -que consiste en hundir las cabezas de los detenidos en baldes de agua- y luego de arrojar el líquido en el piso, les ordenaron que se tiraran cuerpo a tierra y secaran el lugar con su ropa.

En su cautiverio conoció a José Berón, uno de los desaparecidos por lo que se lleva adelante el juicio, sobre el que aseguró que se lo llevaron de noche y nunca apareció.

Finalmente, Barahona fue trasladado a Mendoza y de allí a La Plata, en un Hércules, donde se conformó con la alegría de ser un "aparecido", ya que pasó a estar "a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN)".

ENTREGADOR. En segundo término declaró Isidro Calivar, quien estuvo encerrado en dos oportunidades.

La primera fue el 23 de marzo de 1976, cuando a su casa llegó un grupo de militares acompañado por el imputado Juan Labarta, quien vestía de civil, y lo llevaron a Infantería, donde compartió celda con Roberto Osorio, otro de los desaparecidos del juicio, y Roberto López, un dirigente comunista.

Asimismo, desde su celda vio cómo llegaban el ex gobernador Alberto Martínez Baca y su mujer.

Según el testimonio de Calivar, a Labarta lo conocía porque en las reuniones de la Juventud Peronista lo había visto, vestido de civil, y se comentaba que era "de los servicios" y, al verlo en su casa durante la detención, lo vinculó y lo hizo responsable de que esta ocurriera.

Tras el 24 de marzo, fue trasladado a la Casa Departamental, en donde convivió con Francisco Tripiana, otro de los desaparecidos de la causa, junto a Osorio, Berón y Pascual Sandoval.

Según Calivar, a Tripiana se lo llevaron de noche, y sus compañeros fueron varias veces torturados, aunque él sólo recibió un culatazo de parte del mayor Suárez, que en esa oportunidad era acompañado por el imputado Raúl Ruiz Soppe, jefe de la Regional II de la policía.

Calivar fue liberado el 5 de mayo y aprehendido nuevamente un día después por reclamar un certificado donde se dijera que había estado detenido.

En su regreso fue encerrado en un sótano durante 60 días, con la manos atadas y encapuchado con una frazada, de la cual aseguró que hasta el día de hoy siente su olor.

El santo y seña de los detenidos

Estando incomunicados, los detenidos en la Casa Departamental crearon una especie de “santo y seña” para saber que aquellos que recibían la noticia de su liberación seguían vivos luego de salir del lugar.
Así fue como cada uno de los detenidos se enteró de que Francisco Tripiana no había sido liberado realmente, sino que había pasado a formar parte de la horrorosa lista de desaparecidos.
Según explicó el testigo Humberto Calivar, el desaparecido Francisco Tripiana debía enviar para sus ex compañeros de celda un jabón Palmolive verde luego de pasar 24 horas en su casa, pero ese paquete nunca llegó a destino.
Calivar explicó que no recuerda quién ideó ese sistema, pero, luego de Tripiana, lo siguieron usando, al punto tal que Osvaldo Montenegro, otro ex detenido político y él mismo, tuvieron que mandar su santo y seña una vez que fueron liberados.
En su oportunidad, ambos mandaron masas finas para hacerles saber al resto que estaban vivos.

Continúa el lunes

El lunes continuará el debate en San Rafael y hay confirmados seis testigos.
Ellos son: Mariano Tripiana, hijo de Francisco, que narrará su investigación sobre el destino de su padre; también declarará, Mario Lemos, un ex soldado que custodió a Tripiana durante algunas horas; Montenegro, Juan Pérez Sánchez y Carlos Isidro Villar, quienes estuvieron encerrados también en la Casa Departamental.
Además, atestiguará Susana Urquiza de López, quien era mujer del policía de nombre Daniel López (fallecido), uno de que trabajaron más cerca con los militares.
Urquiza también se presentará, ya que fue quien le dijo a Haydée Tripiana que Francisco estaba libre.

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